jueves, 13 de febrero de 2014

Ya hay una Junta Nacional de Granos, pero privatizada y transnacionalizada...

Por Javier Ortega

Según La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) diez corporaciones transnacionales controlan el 80% del mercado mundial de alimentos en un planeta con mil millones de habitantes que padecen hambre. Parece que la alimentación es asunto importante como para
dejarlo librado a empresas privadas.

 De esta liga, seis de sus miembros (Archer Daniels
Midland, Bunge, Dreyfus, Cargill, Nidera y Toepfer) manejan el
82% de las exportaciones de Soja en Argentina. Estas firmas a su
vez oligopolizan el 60% de todas las exportaciones agropecuarias argentinas.  La Junta Nacional de Granos (JNG) tenía entre sus funciones controlar a las instituciones que intervengan en el comercio de granos, fijar los precios mínimos y los de
exportación, como también ejercer el comercio exterior de los granos en la oportunidad que el Poder Ejecutivo disponga. Estas potestades en cabeza del Estado son imprescindibles en una economía donde los grupos concentrados pueden vía oligopolio fijar el precio que les convenga y expoliar al pequeño y mediano productor agropecuario.

 No es la única razón que justifica internacionalmente (por sus ventajas comparativas
naturales) que convive con un sector industrial de insuficiente desarrollo. De allí que la industria
requiera para su crecimiento de equipos que deben importarse. Estas importaciones se financian
con las divisas que produce el sector agropecuario con sus exportaciones. ¿Y por que un
sector debería financiar al otro? Simplemente porque es el sector industrial el que genera más
tecnología y puestos de trabajo. El agro por si solo no puede absorber las necesidades de
empleo de una población económicamente activa de 20 millones de personas como la de Argentina. Las naciones avanzadas y con mejor nivel de vida son industriales, no agropecuarias.

 En estos días se debate la necesidad de evitar un deterioro en el poder de compra de la moneda nacional por el aumento de precios (especialmente de los alimentos que es lo que más afecta a la población) y el
incremento en la cotización del dólar. En las dos aristas mencionadas, la JNG de granos sería una herramienta más del Estado para operar sobre estas variables a favor de la ciudadanía. Cuando interviene en el comercio exterior de granos estableciendo precios de referencia, la JNG no solo evita la expoliación del
productor no capitalizado que no tiene capacidad de retener el grano especulativamente, sino  2
que también desconecta los procesos de aumento de precios externo de los alimentos evitando
que impacten en el mercado doméstico. Función que hoy cumplen las retenciones.
Por otro lado, y siendo las exportaciones agropecuarias una vital fuente de
divisas para la economía argentina, la JNG al ejercer el comercio exterior evita las
maniobras especulativas de inmovilización de granos que perjudican la entrada de dólares
necesarios para apuntalar a la industria.

 Pero el decreto 2294 del año 91 (obra maestra del neoliberalismo liquidador del Estado) eliminó la JNG. Podríamos pensar entonces que las potestades que ella ejercía desaparecieron. No. No
desaparecieron. Simplemente pasaron de mano, y ahora las ejercen de facto ese cartel de media docena de transnacionales que mencionamos arriba. Imponiendo su situación dominante en el mercado, Cargill,
Dreyfus y Cia fijan precio y manejan la entrada de divisas del rubro agropecuario. Dicho en
otras palabras, el poder que antes tenía el Estado para intervenir con el fin de proteger el
bienestar general, lo tienen ahora empresas extranjeras para proteger su afán de lucro. Aunque este esté reñido con el interés nacional.

 Pensamos en la dirigencia de la mesa de enlace, misma que execra una vuelta de la JNG y que
nada dice respecto al cartel transnacional que le maneja las exportaciones agropecuarias. Nos
viene a la mente el concepto de Aldo Ferrer de densidad nacional: esta requería de lideres que
identifiquen claramente cual era el interés de su país frente a las intromisiones externas que frenan
el desarrollo y aceleran la dependencia. Solo la ausencia de estos líderes explica la miopía de
no ver que ya hay Junta Nacional de Granos. Pero privatizada y transnacionalizada.

 Javier Ortega
Docente UBA.
Doctor en Derecho Público y Economía de Gobierno.

Fuente: Realidad Económica, febrero de 2014

lunes, 10 de febrero de 2014

Venta alternativa en ferias: sin la concentración es más barato


 FERIAS DE AGRICULTORES FAMILIARES, UN COMERCIO LIBRE DE LOS FORMADORES DE PRECIOS
Más de 300 ferias de pequeños productores ya funcionan en el país, que venden productos frescos y alimentos elaborados mucho más económicos que los de hipermercados. Otros precios son posibles, según explicó la secretaria de Desarrollo Rural.




 Por Raúl Dellatorre
Mientras que en los grandes centros urbanos está planteada una complicada disputa por desarmar las prácticas abusivas en la formación de precios, con grandes cadenas comerciales y empresas productoras altamente concentradas en la mira, desde el interior del país se desarrolló una tarea muy distinta, pero que confluye hacia el mismo objetivo. No menos de 300 ferias y “plataformas” comerciales funcionan en distintos puntos del país, reuniendo a productores zonales para ofrecer una amplia variedad de alimentos a precios, habitualmente, muy inferiores a los que se pagan en las góndolas de Buenos Aires, Rosario o Córdoba capital. “Funcionan como mercados de cercanía, en localidades pequeñas o medianas de todo el país pero también en el conurbano bonaerense; se abastecen con la producción excedente de pequeños agricultores familiares pero con estándares de calidad muy elevados. Pueden ofrecer sus productos a una población de dos mil o de cien mil habitantes según el caso, no pretenden llegar a las grandes capitales ni a la góndola de los hipermercados, pero con la acción impulsora del Estado han logrado, en cinco años, generar una oferta alimentaria diversificada y accesible, inclusión social y equidad para una población a la que las leyes del mercado no se las garantizan”, describe Carla Campos Bilbao, secretaria de Desarrollo Rural, que desde 2008 lidera este proyecto.
Con distintos niveles de intervención estatal, desde el apoyo para la conformación de organizaciones comunitarias, a la instalación de centros de procesamiento para el agregado de valor a nivel local, el programa de desarrollo de la agricultura familiar ya engloba a 85 mil productores en todo el país. Su producción fluye por circuitos alternativos a los tradicionales, habitualmente muy concentrados en su manejo y centralizados en el abastecimiento a grandes centros urbanos. El desarrollo de este tipo de organización productiva ha posibilitado, por ejemplo, que en Misiones, que hasta hace cinco años “importaba” de otras zonas del país más del 80 por ciento de los alimentos que consumían sus habitantes, haya podido revertir esa relación y hoy produzca, en su territorio, más del 80 por ciento de sus alimentos a través de la agricultura familiar.
“La intervención pública es estrictamente necesaria para alcanzar estos logros, porque se trata de dotar a los pequeños productores de las herramientas para poder desarrollarse, encontrar los canales de comercialización y facilitar las condiciones de asociatividad”, señala Carla Campos Bilbao al explicar la tarea y sus resultados. “El desafío es garantizar alimentos básicos a la población, pero de la mano de estas intervenciones del Estado, que fueron más de 2500 en cinco años, también se logra el desarrollo social de las zonas rurales, que es lo que explica hoy las muy bajas tasas de desocupación y de mortalidad infantil”, sostuvo ante Página/12.
El modelo de desarrollo de ferias itinerantes y francas arrancó entre 2009 y 2010, como una forma de acompañar la reactivación del consumo y la necesidad de atender “una nueva ruralidad, no limitada al alambrado y al paquete tecnológico”, apunta Campos Bilbao, en referencia al modelo de producción extensivo que ata la producción primaria a la exportación y a los monopolios que le venden la semilla, fertilizantes y agroquímicos al productor dejándolo cautivo del monocultivo. “No podemos caer en la trampa de que el mercado resuelva la meta de las 160 millones de toneladas de producción, planteada en el Plan Agroalimentario 2020, aumentando simplemente la producción de soja”, advierte la funcionaria.
El programa de desarrollo de ferias regionales ya incluye a más de 30 puntos de concentración de producción y ventas en provincia de Buenos Aires (La Plata, Luján, Esteban Echeverría y La Matanza son algunos de los lugares donde más se han expandido), 6 en Corrientes, 4 en Entre Ríos, 3 en Salta. En Misiones, existen 55 ferias reunidas en la Asociación provincial de Ferias Francas. En Río Negro, funciona en la ciudad de General Roca la feria de horticultores, de lunes a viernes, a primera hora para mayoristas (de 6 a 9) y luego para el público en general (de 9 a 14). Los productores asociados siguen un protocolo interno por el cual garantizan un piso de calidad y se comprometen a que los precios entre los 30 puestos existentes no difieren mayormente para un mismo producto. Los precios son notablemente más bajos en que los supermercados y la calidad es superior. La manzana, por ejemplo, que las grandes firmas de la zona destinan prioritariamente a la exportación, y dejan para el mercado interno la de menor calidad y a precios elevados, en esta feria se obtiene a mitad de precio que en un supermercado (7 pesos por kilo contra 14). El modelo de comercialización en ferias zonales, lejos de reducir la dieta alimentaria a unos pocos productos de cultivo local, este tipo de organización ha diversificado notablemente la oferta de alimentos.
Es una forma distinta de entrar en el debate por la competitividad y la distribución de ingresos; en la instancia actual, donde salen a la luz los abusos de los sectores formadores de precios en la cadena de procesamiento y comercialización de alimentos, hay experiencias que revelan que, desenganchándose de los circuitos tradicionales, productores y consumidores salen beneficiados a la vez. “Donde hay concentración en algún punto de la cadena, cualquier medida que mejore el precio final no llega al productor, porque el que tenga el poder de control se la apropia y no la transfiere: es el caso de la devaluación, de la que al productor de una economía regional prácticamente no le llega nada”, sostiene Campos Bilbao.

Fuente: Pagina 12, 9 de febrero

miércoles, 5 de febrero de 2014

Cien años del Puente Transbordador Avellaneda, símbolo de una etapa de desarrollo

Cultura y Educación
El que a hierro vive
Por Carlos Gradin


Este año el Puente Transbordador Nicolás Avellaneda de La Boca, el Puente Viejo, cumple cien años y su presencia inquietante sobre el Riachuelo, especie de oscura poesía industrial del siglo XIX, plantea desafíos en un contexto de recuperación del castigado sur de la ciudad. En su centenario, el Puente será reinaugurado y, cuando vuelva a funcionar, se podrá solicitar a la Unesco su ingreso al Patrimonio de la Humanidad. Entretanto, Radar repasa la historia y el significado de este símbolo porteño, aislado e imponente.

A Walter Benjamin le hubiera gustado el Puente Avellaneda. Pero no sólo porque es obra de un discípulo de Eiffel, y un testimonio tardío de la “poesía industrial” del siglo XIX. También le apasionaban las alegorías, digamos, los símbolos rotos, los pedazos de historia a los que nadie está seguro de qué uso darles.

En pocos meses se cumplen 100 años de su inauguración. Y el Puente sigue siendo uno de esos objetos incómodos. Basta pensar en dónde está ubicado: sobre el Riachuelo, une las orillas de la Boca y Avellaneda, más precisamente la Isla Maciel. El Puente roto conecta uno de los circuitos estrella de la Buenos Aires turística y un barrio de leyenda prostibularia, aislado desde hace años del resto de la ciudad, conectado a ella por un servicio de botes.

Cuando lo inauguraron, en 1914, el Puente Transbordador llevaba a los obreros que iban al polo industrial de Maciel, donde funcionaban la Usina CATE, el frigorífico Anglo, astilleros y carboneras. En la Isla había paseos de fin de semana en parcelas verdes. Y clubes de remo, creados por sus pioneros en el país, los trabajadores ferroviarios ingleses.

Hoy circulan informes de ONG fantasmales que comparan la contaminación del Riachuelo con Chernobyl. En el medio, la zona vivió el auge y la decadencia de un país industrial. El puerto cerró, y con él desaparecieron las cantinas y la economía asociada a la navegación. Quedaron las obras de Quinquela, con sus paisaje de botes a vela y aires de aldea. Y sobre todo, su creación más indeleble, Caminito, creado por el mismo Quinquela en los años ’60.

La reinauguración del Puente, programada para este año, da pie para revisar esta historia. ¿Qué fue el Riachuelo? ¿Qué podría ser? Es una pregunta casi imposible para los nacidos de los ’70 en adelante. Para quienes fueron jóvenes o adolescentes en los ’90, el Riachuelo fue –a lo sumo– un motivo de risa, entre el desgano y el pesimismo. Sin recuerdos de una ciudad portuaria, el Riachuelo era un símbolo oscuro y amenazante, una mezcla de estigma y prueba irrefutable.

Pero alguna vez el río supo inspirar cariño. Y el Puente Avellaneda fue un emblema de lo que podía prometer a los que llegaban en los barcos: industrias, trabajo, tal vez prosperidad. Una historia muy difundida en La Boca dice que Aristóteles Onassis amarró un barco bajo el Puente en la década del ’20, recién llegado de Grecia con un puñado de dólares con los que empezó su negocio de venta de tabaco y cigarrillos egipcios. Su fortuna nació en las orillas del Riachuelo.

Quedan rastros de esos años dorados. Todavía es posible charlar con algunos de los remeros que se entrenaron hasta avanzados los años ’70 en los últimos clubes de remo de la zona, como el Club de Regatas de Avellaneda. Y escuchar su nostalgia por los años en que el río era parte de su rutina diaria, cuando bajaban en sus botes por la Vuelta de Rocha y pasaban bajo el Puente Avellaneda, rumbo a las dársenas de Dock Sud en las que entrenaban para salir a competir en otros ríos del país. “Había una playa ahí mismo”, juran. Le decían Puerto Piojo: un banco de arena al que acudieron durante décadas vecinos de la zona para pasar tardes de ocio en un rincón con vista al río.

Como cuenta Graciela Silvestri en su libro El color del río, el Puente Avellaneda ya era un icono de la ciudad antes de que inauguraran el Obelisco en 1936. Lo habían rebautizado “Puente Brown” en el uso diario, por ser la prolongación de esa Avenida. Y había sido el escenario de una película taquillera protagonizada por Luis Sandrini.

Por esos años, el Puente se sumó al inconsciente visual de la cultura porteña al incorporarse al logo de la pizzería Banchero. En él se reúnen hasta hoy una paleta del pintor, un engranaje y un barco además del Puente: símbolos por excelencia de eso que Rubén Granara Insúa llama la “alcurnia riachuelense”. “Emblemas que tenían que ver con las cosas más queridas”, dice.

Insúa es el presidente de la III República de La Boca. Anticuario retirado, hoy recibe a los visitantes en la sede de la República, el Museo Histórico de la Boca, ubicado en el viejo Banco Italiano. “Yo viajé en la canasta del Puente Viejo” –recuerda–. “Era emocionante. A los costados la gente, en el medio las chatas con percherones. Hasta el año ‘60 se los veía por acá. Llevaban mercadería: el botellero, el hielero, el que vendía los pollos, además de los empleados y trabajadores de las fábricas.” Y evoca los tiempos en que la familia Banchero introdujo en la Boca su variante de la focaccia genovesa, hecha de pan y cebolla, y ahora rellena con queso, cuando los obreros hacían cola para comprarla en su panadería de la calle Olavarría, bautizada Riachuelo y a pocos metros del Viejo Puente.

Sobre la canasta de la que habla Insúa están puestos hoy todos los esfuerzos de restauración a cargo de los ingenieros de la Dirección Nacional de Vialidad. Ya olvidada –aunque perdura en la silueta del logo de Banchero–, la barquilla era el mecanismo fundamental, la razón de ser de toda la estructura. Se trataba de una plataforma de ocho metros por doce sujetada a un cablecarril tendido a lo largo del Puente, como una precursora de los teleféricos. Lo novedoso era que permitía cruzar el río sin las interrupciones y desniveles de los puentes tradicionales, ya que desde la calle se accedía a la plataforma móvil sin subir ni bajar escaleras, y en menos de cinco minutos se llegaba al otro lado, como si las dos orillas se prolongaran una en la otra.

Unos años después de inaugurado, el Viejo Puente fue reemplazado por el Nuevo, instalado a pocos metros. Los dos se llaman Nicolás Avellaneda pero el Nuevo, hecho de hormigón y equipado con escaleras mecánicas, representaba la modernidad de los nuevos materiales de la construcción, el hormigón armado con el que se levantaban los rascacielos. El Viejo Puente fue cayendo en desuso y se desactivó en 1960, y con el tiempo también el Nuevo acabó fuera de servicio; sin mantenimiento, se hizo acreedor de la fama de ser uno de los lugares más inhóspitos de la zona y acabó reemplazado por los chinchorros. “Todo juguete tiene derecho a romperse”, como escribió el poeta Antonio Porchia, trabajador del puerto durante muchos años.

Hoy el Puente es uno de los ocho que sobreviven en su tipo en el mundo. Es el único fuera de Europa mientras los demás están en las ciudades de Vizcaya (España), Newport, Warrington y Middlesbrough (Reino Unido), Osten y Rendsburg (Alemania) y Rochefor (Francia). Volver a hacerlo andar es un viejo sueño del barrio, impulsado por grupos de vecinos y algunas ONG como la Fundación x La Boca.

El Viejo Puente sobrevivió a varios intentos de desmantelarlo. En la oleada de privatizaciones de los ’90, pero también antes, durante la Intendencia del Brigadier Cacciatore. Si llegó en pie sin duda es por la belleza de su estructura, ya definitivamente inútil. En ella se condensa mucho de lo que volvió a la Boca y el Riachuelo uno de los paisajes más significativos de Buenos Aires, como una frontera entre el pintoresquismo que hizo famoso al barrio y la frialdad de sus industrias y depósitos que lo anclaron a la vez en el mundo de la técnica y el trabajo. El Puente fue un contrapunto para el desborde paisajístico de sus pintores. Esta es la tesis de la historiadora y arquitecta Graciela Silvestri en su atrapante historia del Riachuelo. Pero el racionalismo del Puente también estuvo lejos de la eficacia moderna. El resultado fue más bien un melodrama expresionista, cargado del pathos de un edificio cuyas dimensiones empequeñecen a las casas y las personas que lo rodean. Más parecido a un “monstruo antediluviano”, según Silvestri, dotado de una “fealdad primigenia”, capaz de inspirar tanto admiración como temor y respeto, lleno de rasgos ominosos, como los que nunca faltaron a esa zona de la ciudad, por más que haya intentado revestirse de colores más brillantes.

Las prótesis viejas y chirriantes son uno de los símbolos del pesimismo, entre burlón y paranoico, de la ciencia ficción cyberpunk. Gente en problemas por haberse ensamblado demasiados chips, o haberles permitido demasiadas libertades a máquinas que ya no está claro cómo desconectar. Si vamos a volver a activar el Puente, no estaría de más preguntarse qué destino le estamos preparando, qué le espera a él, y a todos nosotros, cuando vuelvan a ponerse en marcha sus engranajes.

A 100 años de su inauguración, cuando vuelva a andar, el Puente podrá solicitar a la Unesco su ingreso al Patrimonio de la Humanidad, tal como lo propone la Asociación Mundial de Puentes Colgantes, de la que Insúa fue miembro fundador. Mientras los clubes de remo vuelven a las aguas del Riachuelo, y los paneles de expertos discuten qué hacer con el veneno sedimentado durante décadas en su lecho, ya nadie habla del “Puente Brown” porque los nombres familiares se usan para lugares a los que se vuelve de vez en cuando, por lo menos, y hace más de medio siglo que nadie se sube a la barquilla del Avellaneda para ver deslizar el Riachuelo ante sus ojos. No hay marchas pidiendo a gritos que sus orillas se llenen de plazas y paseos públicos. Y los sueños más alucinados sobre el futuro de la zona siguen saliendo de los fondos de inversión inmobiliaria. Pero en el logo de una de las pizzerías más queridas de Buenos Aires queda la huella de lo que alguna vez representaron el río y el Puente para la ciudad, y allí se mantuvo a pesar de las inclemencias, en los años más duros en los que pareció que asomarse al Riachuelo subido a un carro colgante, construido a principios de siglo, era una idea cuyo sentido y beneficios no era atinado transmitir, y promover, ni siquiera entre los usuarios de los botes.

Como sea, vuelve el Puente en 2014, y valdrá la pena estar ahí para verlo.


Fuente: Suplemento Radar - 26 de enero de 2014

lunes, 20 de enero de 2014

Miles de millones para el sector rural


ECONOMIA › EL PROPIO FRENTE RENOVADOR ESTIMO UN COSTO FISCAL DE ENTRE 8 MIL Y 10 MIL MILLONES DE PESOS POR BAJAR RETENCIONES


El coordinador del equipo económico de Sergio Massa y uno de los autores del proyecto de ley para bajar retenciones reconocieron a Página/12 el costo fiscal de la medida. Equivale a entre 20 y 25 por ciento del Presupuesto para la Asignación Universal por Hijo.
 Por Sebastián Premici
El costo fiscal del proyecto de Sergio Massa para la eliminación de retenciones al trigo y una fuerte reducción en maíz y carne oscilaría entre 8 mil y 10 mil millones de pesos. Así lo reconocieron Gilberto Alegre, uno de los legisladores que presentará en el Parlamento la iniciativa junto a Felipe Solá, y Ricardo Delgado, economista de ese espacio político. Para tener una dimensión del costo fiscal, este proyecto equivaldría a reducir en un 57 por ciento los recursos por la Asignación Universal por Hijo o bajar un 42 por ciento las inversiones en transporte. El líder del Frente Renovador explicó que la eliminación de los derechos de exportación tiene por objetivo incentivar la siembra del trigo para la próxima cosecha. Sin embargo, el propio Delgado reconoció a Página/12 que sería “difícil estimar la superficie sembrada, ya que eso depende también de los precios del producto y de la relación de precios con otros cultivos”. Es decir, no existe una relación directa entre retenciones y expectativas de siembra.
En la campaña 2008/2009, la producción triguera disminuyó por razones climáticas hasta 8,3 millones de toneladas, 50 por ciento menos que la anterior. En 2009/2010, la producción quedó en 9 millones de toneladas. Sin embargo, en las dos campañas siguientes, con el actual nivel de retenciones y el mismo sistema de exportación basado en cupos, la producción creció hasta 15,8 y 14,5 millones de toneladas, respectivamente. En 2012, además, se vendieron al exterior 11,5 millones de toneladas de trigo.
El gobierno nacional estima que por la campaña 2013/2014 se exportarán 78,2 millones de toneladas de granos, aceites y otros subproductos derivados del trigo, soja, sorgo, cebada, maíz y otros. Las retenciones al agro sobre la recaudación total representarán el 6,05 por ciento. En la campaña anterior, el peso de los derechos de exportación fue del 6,12 por ciento. Es decir, la tan mentada presión fiscal del gobierno sobre el sector, vía retenciones, no subirá sino que caerá en la campaña en curso, según determinó un trabajo de Economía del Bicentenario.
Este instrumento de política económica cumple un rol central para el Estado. El total de estas ventas al exterior representarían divisas para el país por un total de 32.450,2 millones de dólares. A partir de la aplicación de los distintos derechos de exportación, el Estado recibiría 9753 millones de dólares, es decir, 66.415 millones de pesos.

Presupuesto

Una eliminación total de retenciones al trigo o una drástica reducción en otros cultivos provocaría una transferencia de recursos en favor del sector agropecuario, que beneficiaría más a los productores más grandes. En base a la estimación de Alegre y Delgado de un costo fiscal de entre 8 mil y 10 mil millones de pesos, Página/12 calculó la incidencia potencial del proyecto del Frente Renovador en base al Presupuesto 2014.
- Las asignaciones familiares presupuestadas para este año ascienden a 39.786 millones de pesos. De prosperar el proyecto de Sergio Massa, su costo fiscal equivale a entre 20 y 25 por ciento de esas partidas.
- Las inversiones en transporte fueron calculadas para este año en 23.362 millones de pesos. El costo fiscal de la iniciativa del FR es equivalente al 34 y 42 por ciento del presupuesto en esta área.
- Otro rubro sensible para el conjunto de la población tiene que ver con las inversiones en agua potable y alcantarillado. Para 2014 se prevé una inversión de 10.320 millones de pesos. La reducción de retenciones propuesta por Massa equivale a una pérdida presupuestaria de entre 77 y 96 por ciento, si todo lo recaudado por esas retenciones fuera sólo para estas obras.
- En el rubro educación y cultura, el Estado nacional estimó recursos por 8360 millones de pesos. La relación en este caso va del 95 al 119 por ciento.

Soja

Luego del conflicto por las retenciones móviles, el gobierno nacional creó el Fondo Federal Solidario, que toma el 30 por ciento de las retenciones a la soja y lo distribuye directamente a las provincias, bajo el esquema de coparticipación.
Según las estimaciones del Ministerio de Agricultura para la campaña 2013/2014, los ingresos por retenciones a la soja serían de 55.600 millones de pesos. De ese total, el 30 por ciento se destinará a las provincias, es decir un total de 16.700 millones. Un estudio elaborado por la Gran Makro determinó que si estuvieran vigentes las retenciones móviles, al mismo tiempo que el Fondo Federal Solidario, las provincias hubieran recibido, entre marzo de 2009 y abril de 2013, 6081 millones de pesos más.
“Frente a los desbalances de la economía, el Estado tiene que regular, distribuyendo las rentabilidades de los sectores económicos o en este caso los superávit de un sector que tiene baja presión impositiva y que ha logrado reducir los derechos de exportación en casos como el trigo y que ahora pide la eliminación de las retenciones, lo que hará que se incremente aún más este desbalance”, señaló Ernesto Mattos, del Centro de Investigación y Gestión de la Economía Solidaria (Ciges).
“Más allá de situaciones puntuales, el problema de fondo es la racionalización de un sector que no quiere contribuir a un proyecto colectivo. A los que les va bien, quieren quedarse con toda la renta y que la Nación se quede sin recursos. La propuesta de eliminar las retenciones al trigo es inaceptable, por su fuerte impacto en los precios internos de los alimentos”, consideró ante Página/12 el economista Ricardo Aronskind, de la Universidad Nacional General Sarmiento.
Para el economista de la Gran Makro, Federico Vaccarezza, magister en relaciones comerciales internacionales de la Untref, la discusión de fondo pasa por la potestad regulatoria del Estado. Desde este espacio elaboraron un proyecto para crear una unidad con capacidad de compra y venta de granos, al estilo de la vieja Junta Nacional de Granos, que le permita al Estado negociar directamente con otros Estados la colocación de los granos de exportación y productos elaborados.
“Esta empresa o unidad dentro del Estado se dedicaría a la compra de stock para el país, les pagaría el precio pleno a los productores para evitar los abusos de las multinacionales. Con este esquema no habría que eliminar retenciones sino que estaríamos incentivando la producción con herramientas diseñadas desde el propio Estado”, concluyó Vaccarezz.

Fuente: Página 12, 20 de enero de 2014

martes, 7 de enero de 2014

La moneda y la inflación

Economía y Estado
Por Bruno Susani

Realidad Economica
Los economistas neoliberales, inspirados por la teoría monetarista, sostienen que la cantidad de moneda circulante determina el nivel de precios y postulan que la inflación resulta del déficit presupuestario financiado por la creación monetaria. Esto les permite afirmar que el Gobierno es el responsable del incremento de los precios al consumidor. En realidad, los precios los fijan las empresas, sobre todo en una economía dominada por oligopolios, que son la forma habitual de la organización de los mercados. Vamos, por lo tanto, a analizar la validez de la hipótesis de la inflación monetaria desde el punto de vista de la ciencia económica y de la economía política.

Teoría La afirmación según la cual un aumento razonable del volumen de la masa monetaria incrementa los precios está presente en toda la teoría económica clásica, desde Jean Bodin, pasando por los fisiócratas, como Turgot, pero también en Hume, Ricardo, Stuart Mill y Marx, que la consideran una evidencia. La versión teórica moderna, según la cual el incremento de la masa monetaria –sea cual fuere el soporte específico de los medios de pagos, papel moneda, o metálico– engendra el aumento de los precios, se la debemos a Irving Fisher, un economista norteamericano que formalizó la llamada teoría cuantitativa de la moneda, en 1911. Fisher le dio un pequeño barniz para darle un aspecto científico y la presentó como una sencilla igualdad aritmética MxV=PxQ, siendo M, la masa monetaria, V la velocidad de circulación, vale decir, las veces que la moneda cambia de manos, P el nivel de precios y Q la cantidad de bienes.
Vale decir que la cantidad de moneda en el primer miembro de la igualdad debe permitir comprar todos los bienes Q multiplicados por sus precios respectivos. No hace falta ser un gran economista para comprender lo que dice esa igualdad. Si V y Q son constantes, por hipótesis, se deduce que si la masa monetaria M aumenta, los precios P tienen que aumentar para que se verifique la igualdad. Una interpretación iconoclasta podría afirmar, a la inversa, que cuando las empresas aumentan los precios, entonces la masa monetaria debe incrementarse para mantener la supuesta igualdad. La leyenda económica relata que Irving Fisher fue solicitado por el gobierno norteamericano para explicar los aumentos de precios que denunciaban los sindicatos para obtener incrementos de salariales, ya que a pesar de la Sherman Anti-Trust Act, votada en 1890, los barones ladrones, los “robber barons”, Vanderbilt, Carnegie, Rockefeller, John Pierpont Morgan, Jay Gould, H. Dodge, Edward Henry Harriman, entre otros, dominaban la economía norteamericana y fijaban los precios lo más alto posible. Fisher, no obstante, prefirió mantener la versión clásica y ahorrarles un disgusto a sus amigos, apoyándose en el hecho que el descubrimiento y la fiebre del oro en Alaska inmortalizada por Chaplin en la película The Gold Rush apasionaba a la opinión publica e incrementaba la masa monetaria en alrededor de mil millones de dólares actuales por año, en una economía 25 veces más chica que la actual. Crítica La mayor dificultad de los economistas ortodoxos es que no saben explicar cómo se transmite el incremento de la masa monetaria a los precios. En efecto, el argumento según el cual los precios aumentan porque el Estado crea un déficit presupuestario para “darles dinero” a los agentes económicos y éstos lo gastan es endeble. Dicha formula es la formalización de una intuición desacertada que dice que si aumentan los medios de pago, como los agentes económicos asignan mayor valor a lo que es escaso (en este caso los bienes) que a lo que es abundante (los medios de pago), los consumidores tienen un comportamiento autista, dilapidan el dinero y entonces los precios aumentan. Pero esto no sucede así en la vida real, ya que quienes reciben el dinero (aunque sea el producto de subsidios y planes sociales) no necesariamente comprarán los mismos bienes cuando su ingreso aumenta. La gran mayoría aprovechará para comprar otros a los cuales antes no podía acceder. Ahora veamos por qué esta formula mágica y el monetarismo posterior presentan en los sectores dominantes argentinos el poder explicativo que se les asigna. Keynes, en la Teoría General del Empleo, el Interés y la Moneda, refiriéndose a la teoría de David Ricardo, sugiere una hipótesis que puede aplicarse al monetarismo: “Su éxito puede explicarse por una afinidad entre la doctrina y el entorno social en el cual se la adula. El hecho de que llegue a conclusiones diferentes de aquéllas a las que adhiere el público lego pareciera aumentar su prestigio intelectual. Que sus conclusiones aplicadas a la realidad sean austeras y desagradables le confiere una virtud moral. Que presente muchas injusticias sociales y otras crueldades evidentes la justifica como el inevitable tributo a pagar para proseguir en la marcha hacia el progreso y los esfuerzos destinados a modificar la realidad y recomiendan su utilización a la autoridad. Que provea ciertas justificaciones a la actividad del capitalismo individual le permite obtener el apoyo de las fuerzas sociales dominantes agrupadas en apoyo de dicha autoridad”. La ideología siempre tiene su importancia, pero desde el punto de vista de la economía política se puede agregar algo más. Una moneda escasa es una moneda cara. Como el precio de la moneda es la tasa de interés, una moneda cara quiere decir que la tasa de interés es alta y esto sólo es compatible con una tasa de beneficios más elevada, ya que quienes poseen fondos líquidos decidirán invertirlos o prestarlos según el rendimiento respectivo. En efecto, si la demanda global permanece constante, los fondos serán prestados si la tasa de interés es elevada o invertidos si la tasa de interés es más baja que la tasa de beneficios. Pero una tasa de beneficios elevada de las empresas sólo será compatible con una distribución del ingreso favorable a los empresarios, lo cual implica salarios bajos. Como el consumo, que representa el 80 por ciento del gasto en el Producto global, es superior en los sectores que constituyen el 90 por ciento de la personas que reciben los ingresos mas bajos, se deduce que la demanda efectiva será baja y la tasa de crecimiento inferior a lo que podría ser con una tasa de interés más baja. El círculo se completa de la manera siguiente: una demanda efectiva débil y una tasa de interés alta harán que la inversión sea escasa y el desempleo elevado. Vale decir que existe una clara relación entre la política monetaria, la distribución del ingreso y el crecimiento económico. Pero la teoría cuantitativa de la moneda es errónea si se analiza con atención el rol de la moneda en la economía, lo cual permite invalidar la conclusión de la relación biunívoca entre la masa monetaria y los precios. Keynes señaló que la demanda de moneda obedece a tres motivaciones: 1. como reserva de valor, aspecto que la teoría cuantitativa no acepta ya que la ley de Say supone que todo que lo se recibe se gasta, 2. para las transacciones, lo cual es función del ingreso, y 3. para la especulación y compra de títulos, que será función de la tasa de interés. Esto invalida la posibilidad de que la tasa de inflación sea determinada por el volumen de la masa monetaria, puesto que el motivo de transacciones solo cubre una parte de la misma y postula una idea restringida del rol de la moneda, ya que según Fisher y Friedman, como veremos más abajo, sólo se utiliza para las transacciones. Otro aspecto importante y determinante que tiene que ver con el mundo real es que la inflación monetaria nunca es un “derrape involuntario” por parte de un gobierno que creará de la nada un exceso de moneda. Existen tres casos interesantes de inflación monetaria. Alemania en 1922, la Argentina durante la dictadura cívico-militar y el gobierno de Alfonsín y Rusia en 1990. En los tres se trata de una inflación monetaria promovida adrede. La inflación alemana fue provocada con el objeto de no pagar la deuda de las reparaciones de la Primera Guerra Mundial, debidas por Alemania a los aliados, y la deuda interna contenida en los empréstitos del Estado para financiar dicha guerra.
En el caso argentino, se trataba de acelerar la baja de los salarios reales y a la vez favorecer a las empresas deudoras en dólares estatizando la deuda privada, lo cual llevó a la explosión de la deuda externa que todavía se está pagando. En cuanto a Rusia, la inflación provocada entre 1990 y 1994 sirvió para que aquellos que habían comprado las empresas privatizadas licuaran gran parte de su deuda a través de una rápida devaluación de la moneda y una disminución acelerada de los salarios reales. Además, contrariamente a lo que afirma la vulgata de Barrio Norte, la creación monetaria no depende de la “maquinita”, ya que la emisión monetaria clásica, los billetes, que los economistas denominamos M0, sólo es una parte modesta de los medios de pago. La principal fuente de creación monetaria son los bancos y lo hacen a través del crédito. Según las normas financieras internacionales solo deben mantener reservas equivalentes al 4,5 por ciento del volumen de los créditos otorgados (según los acuerdos de Basilea III, de septiembre del 2010) o, lo que es igual, pueden prestar más de veinte veces su capital más los depósitos. La masa monetaria global (M3), que incluye además de los billetes, los depósitos y todos los otros medios de pago negociables a disposición del público, incluidos los adelantos transitorios del Banco Central al Estado y la emisión neta de deuda publica, es el referente habitual al que se refieren los monetaristas para calcular la masa monetaria. Para dar una idea más concreta, en la Zona Euro la cantidad de billetes en circulación M0 representa el 10 por ciento de M3, que es la base monetaria de referencia. Se puede sostener sin ninguna duda que en la actualidad, el incremento de la circulación de billetes no puede explicar el incremento de los precios, ni la masa monetaria M3, por lo tanto, explicar la inflación. Monetarismo No obstante, los monetaristas sostienen aún que la inflación monetaria existe, pero ya no como la presentaba la teoría cuantitativa. En 1957, Milton Friedman expuso la versión contemporánea del monetarismo, que no presenta las flaquezas y dificultades de la teoría cuantitativa que hemos indicado. Para ello, sostuvo que los agentes económicos determinan su nivel de consumo a partir de su ingreso de largo plazo, que denominó “ingreso permanente”, ya que ellos lo consideran constante. Esta es una hipótesis atendible a corto plazo y es evocada habitualmente por los economistas, ya que consideran que cuando los agentes económicos realizan previsiones sobre el futuro más o menos cercano reproducen su experiencia pasada y agregan algo más según su intuición y sus conocimientos, en general vagos, de lo que será el futuro. Si se sigue este razonamiento se puede suponer como Friedman que si el ingreso aumenta, los agentes económicos gastarán todo lo que ganan, ya que pueden suponer, como él lo afirma, que la moneda es un velo, sin importarles que los precios aumenten, puesto que su ingreso es constante por hipótesis. Friedman postuló también que, a largo plazo, existe una “tasa de desempleo natural” y que todo intento de disminuirla con un incremento del gasto publico para crear empleos, que él asimiló a una creación monetaria, sólo se traduciría en un incremento de los precios, en inflación, por aquello citado del ingreso permanente. La pregunta que podría hacerse el lector frente al razonamiento de Friedman es: ¿por qué los agentes económicos que reciben dinero no “ahorran”? La respuesta está en la misma teoría económica neoliberal, puesto que en la economía que imagina Friedman todos los recursos están empleados, no sólo los disponibles sino también los que podrían crearse, lo que quiere decir que, por sus hipótesis, la economía que se describe es lo que Schumpeter llamaba un “flujo circular”, es decir, una economía que sólo se reproduce a sí misma. Por eso mismo, la teoría deja que desear, ya que parece difícil imaginar una razón, por insólita que fuere, por la cual un gobierno incrementaría el gasto público cuando la economía está en una situación de pleno empleo o alcanza su tasa de desempleo natural. Phillips, un economista neocelandés, analizando un período de 90 años, en Inglaterra, desde 1867 a 1957, observó que los períodos donde existen precios estables presentaban tasas de desempleo elevadas y que las fases de precios en alza correspondían a períodos de desempleo bajo, en ciertos casos igual a cero. Pero esta evolución no era el resultado de una expansión o una contracción de la masa monetaria, lo cual relativizaba e invalidaba la tesis monetarista. Friedman había sido lo suficientemente sagaz para postular que la tasa de desempleo natural se verificaba en condiciones estables, lo cual no es precisamente lo que caracteriza ese período, y en el largo plazo, con lo cual se hacía difícil de demostrar lo contrario. Ciertos economistas no tuvieron su lucidez y postularon que a corto plazo existe una tasa de desempleo compatible con una inflación baja o igual a cero, e inventaron un concepto llamado Non-Accelerating Inflation Rate of Unemployment (Nairu), vale decir, la tasa de desempleo que no acelera la inflación. Este es el fundamento moderno de las políticas de los “ajustes”, ya que se postula que a corto plazo existe una alternativa entre inflación y empleo. Puesto que, por hipótesis, la expansión del empleo vía el gasto público produce inflación, una contracción del gasto debería permitir disminuir el incremento de los precios, pero aumentando el desempleo. E inversamente, un incremento del gasto público permitiría disminuir el desempleo, pero no más allá de la tasa de desempleo natural, y provocaría después inflación. La pregunta del millón es cuál es la tasa de desempleo natural. Durante toda la década de los noventa, la OCDE y ciertos organismos de estudios económicos trataron de calcular el Nairu, pero los resultados fueron desastrosos. No sólo el célebre concepto era diferente según los países, sino que variaba en el tiempo, de 10 al 8 por ciento, de 12 al 6 por ciento. Cuando se leen las declaraciones de los economistas propietarios de las consultoras de la city de Buenos Aires, se deduce que debe rondar, hoy en Argentina, alrededor del 15 por ciento. Es dudoso que hayan calculado el Nairu argentino y de todas formas semejante nivel de desempleo es absurdo. En 2004, Alan Greenspan, el entonces presidente de la Reserva Federal, con su política de expansión monetaria, sin inflación, logró, en los Estados Unidos, bajar el desempleo al 4 por ciento, vale decir, obtener un casi pleno empleo, lo cual hizo que el Nairu se dejara de calcular y que fuera olvidado en el limbo friedmaniano. Anna Schartz, la colaboradora histórica de Friedman, excedida por la torpeza de los monetaristas en la defensa de las tesis del maestro, sostuvo entonces que si las mediciones del Departement of Commerce no mostraban ninguna inflación era porque el cálculo no integraba el incremento de los precios de los activos financieros. Si se incluía el precio de las acciones y otros valores, se vería que el dinero excedente creado por Greenspan no había servido para comprar bienes sino acciones. ¡Sí!, como sostenía Keynes, la expansión monetaria sirve también para comprar activos financieros y no sólo para realizar transacciones. El ajuste Milton Friedman introdujo innovaciones teóricas que permitían soslayar las críticas a las cuales fue sometida la teoría cuantitativa de la moneda, pero mantuvo sus conclusiones, a saber: la masa monetaria explica el nivel de los precios. Inclusive sostuvo que, en parte, la magnitud de la crisis de 1929 había sido el resultado de la incuria del Estado, que había bajado las tasas de interés, pero sin aumentar la masa monetaria, lo cual explicaba la deflación y la crisis. Friedman pretendía que en condiciones de libre competencia, si la demanda de moneda excede las necesidades de los agentes económicos hay inflación, pero si la cantidad de moneda es insuficiente, hay deflación y recesión. En lo fundamental, la teoría friedmaniana proponía en realidad el abandono de las políticas económicas discrecionales, ya que todo lo económico podía resolverse a través del “mercado”, que fijaba la tasa de interés sin que mediaran las decisiones administrativas del gobierno. El mercado podía por sí mismo establecer equilibrios óptimos, idea también desarrollada por la teoría de los mercados eficientes, cuyos resultados se vieron en 2008. Si la tasa de crecimiento era baja, la tasa de interés bajaba, lo cual permitía un incremento de la demanda de dinero y un incremento de la tasa de crecimiento e inversamente. Pero en las economías contemporáneas, el que fija la tasa de interés es el Banco Central. La experiencia de la aplicación de estos principios del monetarismo en Inglaterra por parte de Margaret Thatcher fue funesta, cosa que Friedman admitió sin dificultad, pero explicó que se debía a la incompetencia de los economistas del Banco de Inglaterra para aplicar su teoría. Lord Nicolas Kaldor, profesor del King’s College, de Cambridge, en su libro The Scourge of Monetarism señaló con ironía que las teorías monetarias funcionales deberían ser más simples, de tal suerte que pudieran ser aplicadas por economistas tan incompetentes como los del Banco de Inglaterra. Y agregó que como nadie sabía medir la masa monetaria M3, era más sencillo fijarse otros objetivos más fáciles de medir, como el pleno empleo de la fuerza de trabajo. No por este fracaso los monetaristas se dieron por vencidos. Esta historia no puede terminarse con un final feliz, que dicho sea de paso existe raramente en economía ya que, si así fuera, los economistas ortodoxos se quedarían sin trabajo, aunque los trabajadores desempleados serían menos numerosos. La Gran Recesión en 2008 volvió mostrar que la creación monetaria y el gasto público no producían inflación, ni en Estados Unidos ni en Europa y que en algunos casos, como en Japón, permitían superar la deflación que dura desde hace 15 años. Martín Feldstein, un economista monetarista, profesor de la Universidad de Harvard, presidente del Council of Economic Advisers de Ronald Reagan entre 1982 y 1984, en un largo articulo publicado en el 2013, “Why Is US Inflation So Low”, acaba de conceder que la Reserva Federal de los Estados Unidos emitió moneda por un valor de 2 billones (millones de millones) de dólares, “10 veces más que en promedio durante la década precedente”, sin que se les moviera una pestaña a los precios al consumidor. “¿Cómo puede ser que imprimiendo tanto dinero, la inflación sea tan baja?”, pregunta. Feldstein sostiene que la compra de activos tóxicos permitió a los bancos recomponer sus reservas, que fueron depositadas en la Reserva Federal, lo cual indica que no hubo tal gasto, pero vaticinó que en un futuro, más o menos cercano, vaya uno a saber por qué, la inflación reaparecerá.
La realidad es manifiestamente otra, puesto que ese dinero permitió no sólo sostener al sistema financiero y los bancos en quiebra, sino también, y sobre todo, fue gastado por la administración Obama en múltiples proyectos, como el nuevo sistema de salud, los subsidios a la educación pública y los planes de alimentos para los pobres, que permitieron a la economía salir de la recesión. En los Estados Unidos el ingreso global aumentó y el desempleo disminuyó.
Sin duda, los economistas keynesianos hubiéramos propuesto gastar más y mejor para sostener la demanda y menos en los bancos, pero la economía norteamericana salió provisoriamente de la Gran Recesión gracias a la política monetaria “discrecional”, mientras que en los países europeos que aplicaron una política presupuestaria restrictiva, impuesta por Angela Merkel, están en recesión.

Página/12 - 22 de diciembre de 2013

lunes, 16 de diciembre de 2013

Mundo "Nuestra dieta está manejada por empresas"

Entrevista a Patricia Aguirre por María Laura Guevara


La especialista cuenta por qué la sociedad, pese a tener disponibilidad excedentaria de alimentos, tiene 1000 millones de desnutridos.



En una entrevista con la agencia CTyS, la doctora en Antropología, Patricia Aguirre, analiza la comida como reflejo de la vida social y explica los modos de producción y alimentación de la sociedad que pese a tener "disponibilidad excedentaria de alimentos", tiene "mil millones de desnutridos". Además, habla del rol del Estado para recuperar la "soberanía alimentaria" y de la imposición del "gusto pobre" y el "gusto gourmet" para reproducir las desigualdades sociales.

–¿Cómo comemos hoy?¿Qué influencia tiene el mercado en nuestra dieta?
–Comemos como vivimos. La dieta paleolítica, por ejemplo, fue producto de ciertas condiciones sociales, psicológicas, económicas, nutricionales y simbólicas del momento. No podemos tener una dieta paleolítica hoy y tampoco es deseable tenerla porque vivimos de otra manera. Tenemos que comer como nuestro tiempo, como nuestra sociedad vive. Porque vivimos de esta manera, tenemos la dieta que tenemos. Lo que pasa es que en este momento, los regímenes son lo que el mercado quiere. Tenemos dietas que son manejadas por 250 empresas que definen el destino de la dieta industrial.

–No comemos lo que queremos, sino lo que nos quieren vender…
–Comemos lo que nos quieren vender. Mañana van a querer vender otra cosa y tienen todos los medios para cambiar las categorizaciones y generar identidades. Es impresionante. Tienen todos los medios económicos y académicos. La ciencia a disposición del mercado ha justificado cualquier cosa. Nos tenemos que plantear si queremos seguir con esta vida y con esta comida.

–¿La alimentación está en crisis?
–La sociedad está en crisis y también la alimentación. A esta situación no se llegó por un problema de emisión de gases de efecto invernadero sino por una sociedad, una cultura, que legitima con sus valores este concepto de naturaleza. Hasta hace relativamente poco, el hombre estaba contra la naturaleza. La naturaleza se veía como un cuerno de abundancia del que se podía sacar indefinidamente. Y así nos fue. Por esos valores, que alentaron el desarrollo de tecnologías contra la naturaleza, es que estamos en este momento tan crítico.

–¿Y cómo se reflejan estos métodos de producción en la alimentación?
–En la alimentación, esto se ve como una crisis de sustentabilidad en lo que respecta a la producción agroalimentaria que, actualmente, no es sustentable en el largo plazo.

Tenemos que empezar a pensar nuestra agricultura en términos de sustentabilidad para el futuro. Esta agricultura de monocultivo, extensiva, química, ha sido muy exitosa aumentando el rendimiento, pero es insostenible. Tenemos suerte de tener más alimentos de los que se consumen, pero hay que tener cuidado en cómo se producen. Porque si extendemos la frontera agraria ad infinitum, va a ser interesante tener mucho trigo pero sería bueno conservar algunos elefantes, algunas orquídeas, no sólo en invernaderos. Estamos indefectiblemente ligados a este planeta. Estamos teniendo una vida contra el planeta. Esos valores en la cultura tienen que cambiar.

–Si el desarrollo económico influye en la alimentación, ¿qué sucede respecto de la distribución de los alimentos?
–La distribución está más en crisis todavía porque los alimentos, como cualquier mercancía, no van adonde se necesitan, van adonde pueden pagarlos. Entonces, tenemos disponibilidad excedentaria de alimentos y cada vez más desnutridos. Que haya alimentos suficientes y sustentables son condiciones importantes para la lucha contra el hambre, pero no son ellas las determinantes. Por eso tenemos la vergüenza de la actualidad: alimentos excedentarios y 1000 millones de desnutridos. Los alimentos son mercancías. África tiene hambre porque los alimentos africanos se los comen los europeos, porque exportan sus alimentos. El mercado decide la distribución de los alimentos. Los países y las personas que no pueden pagarlos, no comen.

–La lógica empresaria influye…
–Nuestros alimentos no son alimentos, no
son nutrientes, son mercancías y han caído bajo la lógica de la mercancía. Y esa lógica es la ganancia, no la salud. La lógica empresaria no quiere hacer las cosas bien ni saludables. La comida no es para comer. Para un empresario, la comida basta que sea buena para vender. Obviamente nadie va a querer envenenar al comensal, porque no le compra al día siguiente. Ahora, si lo envenena de a poco durante 30 años, es otra cosa. Tenemos un gran problema por la forma que esta sociedad eligió para la producción de los alimentos.

–Si no somos conscientes de cómo se produce, ¿podemos ser concientes de lo que comemos?
–En realidad, no sabemos lo que comemos. Y no lo sabemos porque la comida escapó al control del comensal. Tenemos que delegar nuestro control en sistemas expertos de la modernidad. Entonces, tengo que creer cuando abro una lata de arvejas que lo que hay ahí adentro es bueno, saludable y me lo puedo comer. Abro una lata de arvejas y veo esas bolitas grises y toda mi experiencia y mi recuerdo me dicen que no las coma, que las arvejas son otra cosa. Pero eso tiene un sello de un sistema experto que garantiza su inocuidad. Tiene la marca. Sistemas expertos que te dicen: "esto no es como debería, pero cómalo que no se va a morir." Y todos nosotros tenemos que creer que esta industria no nos va a matar. Lo cual no es del todo cierto.

–¿Todos estos factores afectan el consumo?
–La mayor parte de nosotros que vivimos en sociedades urbanas, industriales y de mercado, podemos comer todos los días aquello que el tope de nuestros ingresos nos permita comprar. ¿Y qué tenemos? Una disponibilidad de energía barata como nunca antes en la historia del planeta. Esa disponibilidad de energía barata, llena de azúcares y grasas, ha dado vuelta el sentido del hambre. Hoy, los pobres son gordos, los ricos son flacos. Los que tienen acceso a micronutrientes, son flacos. Los micronutrientes, el hierro, las vitaminas, son caros. La energía es muy barata. Tenemos problemas en el consumo porque una industria mundial, con una producción a nivel mundial, ha generado un consumo mundial. En la Argentina, en Sudán, en China y en Francia, se come lo mismo. Empresas como Kraft dominan el gusto en los cinco continentes, y lo han cambiado. Coca-cola ha cambiado el gusto de la bebida, por la bebida.

–¿Perdimos la soberanía alimentaria?
–Creo que todo el mundo ha perdido la soberanía alimentaria. La soberanía alimentaria es un concepto netamente político, es el derecho a la alimentación, a producir como la gente quiera. La OMC convalida las semillas transgénicas, el uso de agroquímicos, el avance de la frontera agropecuaria sobre toda la diversidad biológica. Estas organizaciones legitiman esta manera suicida, a mi criterio, de producir alimentos. Tenemos derecho a vivir, tenemos derecho a comer como se nos antoje, producir sin deteriorar el medioambiente. La única manera de tener soberanía alimentaria es si tenemos el derecho a decidir las acciones políticas necesarias para lograr estabilidad, suficiencia, sustentabilidad, equidad y diversidad.

–Si una industria pudo modificar el gusto a nivel mundial, el gusto no es algo natural o instintivo…
–El gusto es una creación social dirigida. Nadie nació gustando. Las culturas modelaban el gusto para aquello que estaba ecológicamente integrado en su lugar de hábitat, lo económicamente disponible y lo culturalmente significativo desde el punto de vista de la transmisión de los saberes para producirlos, consumirlos y distribuirlos. Hoy, lo que empezamos a tener son gustos estandarizados, gusto graso, salado, azucarado. A lo alto y a lo ancho del planeta. Todas las culturas en el pasado tuvieron un discurso sobre el "buen comer", lo que se llama gastronomía. A lo sumo había dos discursos: el saber de la cultura, la abuelita que te mostraba cómo se comía, la identidad alimentaria; y el saber médico que, en el pasado, era más bien restrictivo. Uno era un saber del sí, el otro un saber del no. Hoy tenemos el saber de la abuelita, el saber médico, el saber de los economistas, el saber de los cocineros, que sostienen "sepa vivir, coma así", y junto a todos ellos está la industria, con la publicidad, su hermana bastarda, diciendo "coma esto porque esta es la comida de nuestro tiempo, esto es lo que necesitás", generando necesidades ficticias para vender lo que ellos producen. Todos estos discursos están dando vuelta en nuestras cabezas simultáneamente cada vez que vamos a comer. Y lo increíble es que son discursos contradictorios: lo sano no siempre es barato, lo barato no siempre es rico, y así sucesivamente.

–Dentro de cada estrato social se van cambiando las estructuras pero, al mismo tiempo, este "gusto", que es una construcción social, reproduce las desigualdades sociales. 
–Claro. El gusto pobre no es el mismo que el gusto gourmet. Y la industria lo tiene claro. Hay un mercado de productos para pobres y un mercado gourmet. Se favorecen gustos diferentes. La industria tiene todos los elementos para manejar el gusto, y lo ha hecho de acuerdo a sus intereses. Y en este momento el interés es la estructura modular de la industria. Ahora tenés un mercado de los pobres, con latas de tomate de segunda, y las latas de tomate premium. Las dos tienen tomate, pero también tienen cosas distintas. Sistemáticamente van a encontrar en ese mercado de los pobres más sal, más azúcar y más grasas. No nos extrañemos cuando vemos crecer la malnutrición, la obesidad, la colesterolemia, en los sectores más carenciados de la sociedad, porque lo que le estamos sirviendo en bandeja son productos baratos pero con sal, azúcar y grasas invisibles.

–¿Comemos como vivimos? La abuela tenía tiempo de pelar las arvejas y no recurrir a una lata…
–Exactamente. La industria se adueñó del tiempo, de nuestro tiempo como productores y nos hace trabajar en horarios que no corresponden a nuestra biología, sin respetar los ritmos biológicos de descanso y de alimentación. La gente no come como sabe, ni come como quiere, come como vive, come como puede. Si llego a mi casa a las once de la noche, ¿me voy a poner a rallar zanahoria? No, voy a manotear la comida industrial para sacarme de encima la alimentación del hogar, y descansar. Eso es lo que nosotros consentimos, esos son los valores de nuestra sociedad. Esta cacofonía de narrativas acerca de la alimentación la consentimos nosotros. Esto es lo que Fisher llama gastro-anomia, demasiados discursos y ninguno hegemónico, ninguno logra adherencia total.

–¿El Estado no debería intervenir?
–El Estado debería tener una posición mucho más activa en el control de la industria de manera tal de generar alimentos saludables entre los cuales optar, porque no vale de nada que hagamos educación alimentaria si la gente no tiene elementos entre los cuales elegir. En una sociedad de mercado, se necesitan tres cosas: ingresos suficientes para poder comprar; educación alimentaria, para guiar nuestras elecciones de una manera sabia, crítica, reflexiva, no de acuerdo al último slogan de televisión, que el comensal elija y no sea elegido; y, además, debería tener entre qué optar. No podemos vivir sin industria, pero tampoco podemos vivir con esta industria. Necesitamos poner otro criterio en los alimentos que no sea el criterio de la ganancia. Necesitamos ver los alimentos no como mercancías sino como bienes sociales.

–¿Y qué función tiene la comensalidad en todo esto?
–Durante miles de años comimos juntos porque producíamos colectivamente nuestros alimentos. Eso es la comensalidad. Y comer juntos tiene sus reglas sociales. El contenido de la regla cambia con el lugar, con el tiempo, con la cultura, pero siempre hay reglas. Con la comida se transmitían un montón de valores que, en sí, no tienen que ver con la comida, sino que tienen que ver, por ejemplo, con los roles de la mujer y el hombre. Cuando en una mesa el papá dice: "no hay sal" y la mamá se levanta a buscar la sal, los chicos no aprendieron que la comida se sazona, tuvieron un posgrado de relaciones de género, quién tiene que exigir y cómo se exige, quién tiene que responder y cómo se responde. La mesa es el micromundo donde los padres transmiten, sin querer, valores que van más allá. La comensalidad es un tema social. Es la cultura la que fija la comensalidad como reproductora de las instituciones sociales.

–¿La comensalidad se ve afectada por la multiplicidad de discursos respecto de la alimentación?
–Con la cantidad, calidad y variedad de comida que hay, una familia puede estar comiendo cuatro comidas diferentes en una misma mesa. Esta decisión alimentaria individual cambia el sentido que ha tenido la comensalidad durante millones de años. Estamos comenzando a ver una ruptura en la comensalidad de la comida estructurada, a favor de la comida solitaria, del picoteo. Los sectores urbanos, modernos, no necesariamente tienen mesa. Esa idea de compartir no se vehiculiza a través de la comida. Los sujetos nos estamos convenciendo de que estar solo no está mal y estamos cada vez más aislados. La sociedad actual está llevando la alimentación a situaciones pre-humanas. La alimentación es, simplemente, el reflejo de lo que pasa en la sociedad, donde los individuos cada vez se atomizan más. Se deshace la mesa como el lugar de encuentro, de consumo, el lugar de circulación de los bienes y de los símbolos. La comida es un reflejo de la vida social, lo que encontramos en el plato no son productos, son relaciones sociales. «

* Patricia Aguirre es Doctora en Antropología de la Universidad de Buenos Aires. Docente e investigadora del Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES) de la Universidad Nacional de San Martín. Profesional del Departamento de Nutrición del Ministerio de Salud de la Nación.


Tiempo Argentino- REALIDAD ECONÓMICA

lunes, 9 de diciembre de 2013

Mapa de la Integración Regional en América Latina


Luciana Gil - Damián Paikin
Publicado en Realidad Económica, diciembre de 2013)

En América Latina existe una gran variedad de iniciativas y proyectos de integración regional con diferentes objetivos, reglas, procedimientos y niveles de consolidación. Sin embargo, más allá de las inclinaciones ideológicas de cada bloque, en todos los casos los presidentes y la regla del consenso dominan la escena y la dinámica intergubernamental resulta decisiva a la hora de definir las políticas comunes.

Otra constante actual, que implica un cambio para los procesos de integración nacidos o consolidados durante la década de 1990, es la ampliación de los objetivos desde el ámbito estrictamente comercial a los ámbitos cultural, productivo, social y ambiental.

Si querés el texto en pdf así clik acá: http://www.iade.org.ar/uploads/c87bbfe5-e431-4b58.pdf

Nueva Sociedad - septiembre de 2013